jueves 10 de noviembre de 2011

Quimera Sangrienta

Caminaba solo, por la vereda de una larga calle en forma de pendiente, observando a las pocas personas que pasaban a mi lado. La calle estaba casi vacía.
A unos metros de mí, dos niños parecían estar jugando, uno de ellos intentaba atrapar al otro. Un árbol los separaba, el que intentaba escapar había pensado bien, si su cazador eligiera ir por la derecha el solo tendría que moverse a la izquierda, si su astucia y velocidad no le fallaban, el niño nunca sería atrapado.

Caminé en dirección a los niños, debía pasar por ahí para llegar a mi destino. Cuando me encontré medianamente cerca ambos me miraron, aunque no repararon en mi por mucho tiempo y siguieron en su eterno juego.

Me acerqué más.

Uno de los niños, el más pequeño, quien era el perseguido, me miró fijamente, casi sin expresión en su rostro.
Nuestro fijo y mudo intercambio de miradas se mantuvo por un largo tiempo, parece que el otro niño también se había detenido a mirarme, pero a mi solo me importaba el perseguido.
El niño parecía hipnotizado por mi mirada, lo normal sería que emitiera un grito, hablara o simplemente me ignorara, pero no, solo me miraba; no estaba alerta, no parecía temer.

Estuve lo suficientemente cerca como para tener que mover mi cabeza hacia abajo para poder verlo. Lentamente me puse de cuclillas frente a él, nuestros rostros se encontraban separados por unos pocos centímetros. Mi mirada y la suya seguían iguales.
Con mi dedo índice de la mano derecha apoyado en el pulgar, preparé y asesté un golpe que impactó en su frente. Un golpe sutil, pero seco. El niño no se movió, ni siquiera se estremeció.

Me paré y seguí mi camino, ignorando a los niños completamente. Ahora él no me seguía con la mirada, parecía paralizado en el tiempo, sus ojos estaban clavados en un punto fijo, su cuerpo tieso como una roca, sin movimiento.
El otro niño se olvidó de mí rapidamente. Aprovechando el estado de su amigo se movió rapidamente para sorprenderlo desde la espalda. Lo agarró de los hombros y exclamó: "¡Te atrapé!"



El niño no contestó.

El cazador se movió lentamente y se paró frente a su presa, ya la tenía en sus manos, así que no era necesario ser cauteloso ni temer un repentino escape. Aún así, lo que lo extrañaba era la inmutabilidad de su premio, conseguido al fin, ¿cual era la gracia de perseguir, acechar o capturar si la presa ni siquiera se retorcía de los nervios?

Su amigo se movió justo frente al niño, ocupando su campo de visión.

"¿Estás bien?"


Silenciosa pero rápidamente la presa se abalanzó sobre su cazador. Comenzó a rasguñar su cara frenéticamente, produciendo heridas instantáneas en su rostro. El cazador gritaba, aullaba, intentaba protegerse, pero era dañado rápida y dolorosamente, el rostro del atacado fue adoptando una forma grotesca, lleno de rasguños, moretones y sangre. No es exageración, el atacante había sido poseído por una locura que parecía aumentar sus capacidades físicas de una manera inesperable, incluso con ese estado de frenetismo, causar heridas de esa índole y lograr inmovilizar al sufrido cazador de la manera en la que lo hizo sería en realidad físicamente casi imposible.
La víctima lloraba, incapaz de moverse, gritaba, pedía ayuda, ya había intentado quitarse al demonio de encima, pero le había sido imposible, incluso logró golpearlo en el rostro para apartarlo, pero aquel ser no se inmutó, por el contrario, le devolvió un golpe el doble de fuerte que dobló el rostro de lo que antes había sido su persecutor.
No era suficiente, el castigo no era suficiente, la sed de sangre y venganza no era saciada, ahora que la presa tenía la oportunidad de vengarse del cazador no terminaría aquel suplicio hasta que no hubiera nada más que destruir.
Aún moviéndose frenéticamente, temblando, como un animal rabioso, se percató de los objetos a su alrededor. Todo ocurrió en un instante, tomó una piedra del tamaño de su mano y comenzó a golpear la cara de su víctima con ella. Su rostro se encontraba roto y deformado, cubierto en sangre y lágrimas.
Clavó la piedra en un ojo y se percató de que el instrumento de ataque ya no era útil, se había roto y reducido considerablemente de tamaño de tantos golpes que había propinado . Pero no se detuvo, ni una pausa, le tomó apenas un instante agarrar otra roca para reanudar el destrozo de su víctima. No pararía, no pararía hasta que aquel rostro se volviera una pila de carne triturada. Desgarró la piel y hundió el dolor y la destrucción más profundamente, perforando, en medio de ayes ahogados que no tardaron en desaparecer...


Me volteé y el niño me sonrió.

"Sí."


"Bueno, ahora te toca a ti, ¡atrápame si puedes!"




1 Mentiras:

S. Fletcher dijo...

Ya había leido esto y me pareció sublime aunque no estoy segura de porqué no lo comenté antes XD <3 en fin, hermoso, como siempre.