Primero fue una sensación casi imperceptible.
Luego pude notar como había comenzado a incrementarse. Ese cosquilleo en mi interior. Algo se estremecía en mi pecho y hacía temblar mi cuerpo entero.
Pasaron unos pocos segundos para que aquello volviera a evolucionar. Ya no era un cosquilleo... era dolor, literalmente. Un dolor en mi pecho que se propagaba por todo mi cuerpo. Como si mi corazón bombeara veneno por doquier.
Nunca pensé que lograría dolerme de esta manera.
Me rasqué el pecho, intentando sacarme aquella molestia, pero no había nada, solo rasguñé la piel. Era algo interno, algo que no podía controlar, algo que no podía eliminar aunque quisiera.
Todo era culpa de la semilla podrida en mi interior, que daba rienda suelta a mis más oscuros deseos. No podía detenerla, no podía parar el veneno, el dolor se expandía y se hacía inaguantable.
Enseguida llegó a mi cerebro, allí abrió el candado añejo con la horrenda llave .
En ese instante quise pedir ayuda, quise gritar, quise llamarte para que curaras la putrefacción en mi interior.
No hice las cosas bien.
No elegí las cosas bien.
No viví bien...
No podía más. Todo se estaba saliendo de control, todo se volvía extraño, mi cuerpo se encontraba paralizado del dolor. Tenía miedo. Miedo de mi mismo, miedo de lo que podría llegar a hacer. Porque estaba seguro que no podría detenerme, estaba seguro que aunque racionalmente me negara a ello ese deseo impulsivo ganaría algún día.
Pronto. Lo veo venir. No sé por qué.
No quiero hacerme daño.
Por favor, salvame.
Salvame.
No puedo explicarte el método, no puedo decirte como, NO SÉ COMO.
Pero...
No.
Es inútil.
Yo no confío.
Yo no cedo.
Yo no dependo.
El resultado será el mismo.
Prefiero matarme a mi mismo antes que ver un intento fallido de salvación de tu parte.
Incompetente.
Todos lo son.
Entonces recuerdo... recuerdo haber pensado en el suicidio, pero justo después de eso el candado se cerró.
¿Estaré a salvo? Eso espero.